martes, 4 de septiembre de 2012
lunes, 3 de septiembre de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
miércoles, 15 de agosto de 2012
jueves, 28 de junio de 2012
EXPOSICIÓN PRESENTACIÓN DE LIBRO Suma Chuymampi Sarnaqaña Caminar con buen corazón
Quiero agradecer ante todo a
Plural Editores, a Librería Armonía y al ISEAT por haber hecho posible esta
publicación. A Luis Tapia aquí presente por su acertados comentarios, al Jilir
Mallku de Tiwanaku don Braulio, al Consejo de Amawtas, en especial a los
Maestros ya fallecidos, a las autoridades de la Central Agraria y a los
comunarios y comunarias en general de las 23 comunidades de Tiwanaku (quienes
dicho sea de paso no asisten o sólo asisten algunas, a la celebración porque
deben cumplir con las labores domésticas y el trabajo propio de la comunidad),
también les agradezco a ellas. En realidad debo agradecer a muchas personas que
me ayudaron con sus críticas constructivas y aportes. Entre ellas en especial
agradezco por prologar este libro a Silvia Rivera, también a Rossana Barragán,
Humberto Mamani, Alisson Speding, Raúl España y a Fernando Huanacuni y Filomena
Nina por la esmerada traducción del aymara al castellano. A mis ancestros y mi
familia, en especial a mis hijas: Luisa quien antes de marka paru sarje (partir
a su pueblo) me encargo terminarlo lo mejor posible, y también a Violeta quien
me apoyó y trabajo arduamente para hacer posible esta publicación, dotes que yo
no poseo, sólo investigo y escribo.
Entrando al tema, este trabajo constituye el resultado de
una investigación detallada de la celebración,
pero ante todo de la reflexión y debate
acerca de su identidad, que hacen
los comunarios y amawt’as celebrantes
del Año Nuevo Aymara en Tiwanaku cuando se creó el Consejo de Amawt´as,
después de cuestionarse de que quienes propiciaban esta celebración era una
intelectualidad indígena urbana. Entonces la pregunta fue, por que no participan
los comunarios? Asunto que ahora está consolidado desde que son las 23
comunidades quienes prácticamente son dueñas de la celebración.
El concepto de identidad desde el cual se enfoca el
estudio está enmarcado en la corriente sociológica
del interaccionismo simbólico (Goffman, Blummer) que lo concibe como un elemento humano con movilidad y plasticidad que varía de acuerdo a las
distintas interacciones sociales,
por lo que posee un carácter procesual,
de construcción a lo largo de toda la vida, y no estructural y por tanto, no
estática.
La concepción de cultura
que se utiliza viene de la antropología (Geertz),
es decir la cultura concebida como un sistema
simbólico en el que los significados o sentidos de las cosas
son transmitidos históricamente y son encarnados en formas simbólicas en el
imaginario individual y colectivo Por ejemplo el hecho de pijchar coca tiene un
significado: arribar a un buen entendimiento entre quienes dialogan, no es pijchar
así por así. Todo tiene su significado y sobre todo en los rituales y en el
compartir.
Estos sentidos se encuentran inmersos en contextos socio -
culturales estructurados, sin embargo al interior de ellos se dan relaciones asimétricas de poder entre
las personas, entonces existen diferentes mecanismos que funcionan para la producción, transmisión y recepción
de las formas simbólicas, convirtiéndose ciertos sistemas de ideas en
dominantes y otros en subordinados.
En medio de este entramado de ideas, creencias,
convicciones, percepciones que van formando la identidad o el tejido interidentitario de cada persona
y que en realidad constituyen ciertos códigos de expresión de la persona y en
última instancia de expresión del espíritu está obviamente el tema de la espiritualidad, poco trabajada en los
ámbitos de racionalidad occidental académica pero si vivencial en la filosofía
de las culturas ancestrales guiadas por un conocimiento directo, intuitivo, en
otras palabras mágico – religioso no institucionalizado, el mago, en las
palabras de Weber, que posee cada persona pero que muchas veces no estamos
concientes de ello, pues la mente racional obnubila tal conocimiento directo a
la fuente vital. Así la espiritualidad es entendida por Foucault como una
búsqueda de la verdad que ilumina al sujeto y perfecciona el espíritu, y
en mis palabras, el espíritu a través del que habla el Gran Espíritu y
transmite su mensaje a la sociedad.
Es desde esta perspectiva que se aborda el análisis
de la celebración del Año Nuevo Aymara que, en última instancia constituyó un
medio para llegar al pensamiento sincrético o chixi (mestizo) como lo llama
Silvia Rivera, entre sus propias prácticas y creencias y aquellos impuestas por
la colonia española, que poseen los amawtas celebrantes y los mallkus
(denominados los Mayores), así como las bases que viven en la comunidad (estoy
es muy importante) y de aquellos que ya migraron de la comunidad rural a la
ciudad o de aquellos que si pertenecen étnicamente o racialmente a las culturas
andinas, en este caso a la aymara y retornan temporalmente a la comunidad pero ya imbuidos en lo simbólico de
otros sentidos y significados culturales, que en este caso tienen que ver con
lo malo de la modernidad occidental (individualismo, protagonismo,
personalismo, constante competencia, uso de micro poder, etc., etc.).
Con esto no quiero idealizar a la comunidad rural ni
a los comunarios, pues la comunidad no es ninguna taza de leche, ni tampoco
decir que al interior de ella perviven valores puristas o ideales como muchas
veces pretenden hacer ver los discursos ideológicos indianistas o indigenistas.
Para nada, pero lo que en este trabajo se quiere incidir es en los códigos éticos y morales que hacen al ethos
comunal, rescatados desde los conocimientos, hoy por hoy denominados
“saberes” por no considerarlos a la altura del conocimiento académico que en
realidad, desde mi punto de vista se raya en la ignorancia en la que nos ha
sumido la modernidad occidental. Quienes son principalmente portadores de estos
conocimientos o mejor dicho, sabiduría? En general los Mayores, quienes han
recorrido el thaqui, el camino de la vida, que han sufrido, se han alegrado, en
resumen han vivido; y en especial los yatiris de la comunidad o llamados
Maestros o Masrus (de acuerdo a Tomas Huanca) que muchas veces para acceder al
conocimiento pasan por muchos sufrimientos. Los Maestros de la claridad como se
llaman entre ellos, quienes han sido iniciados mediante ciertas señales de la
naturaleza. Ellos son quienes marcan o señalan el camino de la comunidad,
orientan a las autoridades y a la comunidad en general.
Por otro lado están quienes siendo originarios de las
comunidades de Twanaku vuelven temporalmente a la comunidad, o siendo
forasteros (aymaras y quechuas de otras regiones y mestizos como los de las
ONGs que propiciaron este evento: CTP (católicos), CEPITA (evangélicos), así
como el actual UDAM (ex UNAAR) dependiente del Estado y otros considerados una
intelectualidad aymara, hoy por hoy, citadina, esto lo digo sin el afán de caer
en generalizaciones. Todos ellos van e instruyen y hasta imponen un discurso
dominante de lo que ayer se consideraba el katarismo, hoy indianista, rescate
de las culturas originarias, retorno del Pachacuti, hoy, descolonización, vivir
bien, y por su lado los grupos mestizos con corrientes místicas esotéricas, de
la nueva era, etc., bueno…. Un discurso diz que de recuperación pero que se
queda en las palabras ya que se vuelve a caer en la imposición y hasta en la
discriminación del sincretismo que vive el comunario. Yo me pregunto, acaso
esto no es colonialismo? Yo lo llamo neocolonialismo
por qué cuando se ha visto que se quiera imponer
un discurso supuestamente de descolonización? Y que además en la práctica,
muchas veces se busca, no de todos, protagonismo, intereses personales, acceso
al poder, etc., en detrimento de sus propios “hermanos” (por si acaso hermanos
pongo entre comillas). Ustedes dirán pero ella es mestiza, o dirán es de la derecha
con que derecho puedo decir esto? Yo les digo el testimonio es el que manda que
por cierto, en el libro está en aymara y en castellano, de los propios comunarios.
Pueden haber muchas interpretaciones pero creo que las críticas que hacen los
maestros mayores tocados por el rayo en algún momento de la vida nos llegan a
todos y a todas, seamos, indígenas, mestizos, criollos o bolivianos…., de
izquierda o de derecha, pues es un tema de identidad y de accionar, no? Todos
podemos ser q´aras en algún momento de la vida, como decía don Policarpio
Flores uno de los Mayores, quién es el q´ara? Es muy simple decir, es el blanco,
no pues, en realidad es el abusador, quien vive del otro, por ejemplo un marido
golpeador es q´ara,
Lo que importa es darse cuenta y cambiar de actitud,
retornar a la comunidad (según Anderson la comunidad imaginada) sea rural o
urbana (no es necesario irse a vivir a la comunidad rural, la comunidad es el
barrio, la institución donde se trabaja, el partido político, la institución
religiosa, etc.,), toda sociedad tiene el deber de actuar como comunidad.
Pensar, respetar y ponerse en los zapatos del otro, de la otra, seamos
indígenas, mestizos o criollos, etc. porque al acceder a la modernidad
occidental nadie está libre de empaparse de los valores competitivos,
individualistas, personalistas, formación de élites, rosquitas etc. Por eso es
que la identidad es procesual y no estructural, en todo caso si es estructural
se queda en la dimensión afectiva: me siento aymara pero ya no vivo en
comunidad, característica de las culturas llamadas originarias tal vez hoy para
bailar en el gran poder u otras fiestas pero en la cotidianidad?? Bueno, no me
quiero extender.
Pero ante tanta tensión y problemática que se crea en las
comunidades de Tiwanaku para políticamente parecer lo más originarios posibles
en la celebración del Año Nuevo Aymara, los Mayores aparentemente ceden ante
los Menores autoritarios y deciden reconocerse, no como aymaras sino como
tiwanakeños en aras de la unidad y la obediencia que se tiene al Central o
Jilir Mallku y a la comunidad misma, sus palabras son las siguientes: Así nos
saquemos la mugre en casa entre nosotros, nos tenemos que mostrar unidos hacia
fuera, y como la comunidad vive también en un contexto moderno beneficiarse por
lo menos de los aportes económicos que se puedan obtener por la celebración.
Pero como dice en el prologo Silvia Rivera, “el daño al
ethos comunal ya está hecho y los Mayores no dijeron nada hasta hoy, y yo digo
tal vez imbuida por la actitud y palabras de los Mayores: tarde o temprano el
malo caerá por su propio peso, esto lo sabe el Gran Espíritu, los Achachilas,
Dios, etc., en resumen las fuerzas superiores del Alajpacha. Y como tal sucedió
con Valentín Mejillones (el principal protagonista de los Menores) llamado el
narcoamawta que hoy por hoy está en la cárcel. Por todo ello, como a los
Mayores no les interesa el protagonismo (por eso la asignación de autoridades
es rotativa) y los amawtas ya se dijo que son seres especiales (tocados por el
rayo u otras características), su afán no es promocionarse ni nada por el
estilo sino servir a los demás: recordemos las palabras de don Policarpio: un
amawta no debe promocionarse, decir yo te lo leeré en coca, de lo contrario son
pajpakus nomás, lo mismo sucede con los políticos e intelectuales (basta
observar la situación de diálogo de sordos por la que está atravesando el país
en esta coyuntura), nos convertimos en pajpakus (habladores) sino actuamos con
buen corazón, título de este libro ya que el mensaje de los Mayores y en
especial de los yatiris o Maestros de la Claridad se sintetiza en eso: caminar
con buen corazón (ser humilde pero firme y consecuente con uno mismo y con el grupo) en pos de la unidad y el
respeto entre todos y todas, idea que en síntesis toda sociedad, ya sea rural o
urbana, debería recuperar en última instancia, para transitar juntos/as el
camino (o thaqui) de la vida y practicar el ayni (la ayuda mutua) que todos
necesitamos, ya lo decía don Policarpio, amawta de Tiwanaku ya fallecido: Todos nos debemos a todos, nadie es por
si mismo, sino por el otro, esa es la identidad, no? reconocerse en (Cirese).
De lo contrario, en palabras de ellos “sólo nos hacemos doler el corazón” que
si es grave para el otro pero sobre todo para uno o una misma porque tuvo la
oportunidad de actuar bien y no lo hizo.
Eso es lo que puedo decir que aprendí, no seamos los nuevos
q aras de esta sociedad y no digamos soy o estoy en pos del rescate de lo
originario si no realizo un cambio en el corazón individualista, que sobre todo
me creó la modernidad individual. Sirvámonos de la modernidad y que ella no se
sirva de nosotros, y si todo ello no es rescate de lo originario, recuperemos,
resignifiquemos y reinventemos lo nuevo, el nuevo thaqui.
Eso todo lo que puedo decir en esta ocasión…..
MUCHAS GRACIAS A TODOS USTEDES POR SU PRESENCIA
martes, 15 de mayo de 2012
“CHACHAWARMI ”, ACOMPAÑAMIENTO MÁS QUE EQUIDAD: Reflexiones sobre las reivindicaciones femeninas en el contexto indigenista andino boliviano.
INTRODUCCIÓN
En
los últimos tiempos se han puesto en boga discursos reivindicatorios de las
culturas consideradas subalternas por la cultura occidental dominante. En este sentido, en Latinoamérica los
discursos políticos emergentes de corte indigenista se han constituido en
vanguardia de aquellas organizaciones políticas y sociales que están por la liberación
de los pueblos excluidos y la descolonización.
En
Bolivia, a partir de la década de los 80, ha cobrado fuerza la ideología política de
las reivindicaciones étnicas, sobre
todo andinas (aymara y quechua) en contra del colonialismo, y que de alguna
forma aún persiste en la actualidad. En esta perspectiva, una de las
principales manifestaciones reivindicatorias ha constituido la celebración del
Año Nuevo Aymara en Tiwanaku, y posteriormente en otros lugares considerados
sagrados. Sin embargo, es con la
ascensión de Evo Morales a la presidencia de la república que prácticamente se
oficializa tal discurso en las organizaciones indígenas como CONAMAQ y
“Bartolina Sisa”, y asimismo se instituyen grupos de defensa del gobierno, como
los denominados “Ponchos Rojos”.
En
el contexto de este discurso se comienzan a manejar ciertos valores de la cosmovisión
andina que formaron parte de las culturas milenarias y que todavía perviven de
alguna manera en algunos ayllus del Altiplano paceño y orureño, y comunidades
quechuas de Cochabamba, Potosí y Sucre a pesar de la inminente penetración de
la cultura occidental por parte de las iglesias cristianas, y actualmente por
la economía de mercado y las ONG´s con la globalización. Tales valores
principalmente corresponden a las llamadas complementariedad
y reciprocidad, base de las
relaciones humanas y garantía de la vida comunitaria y familiar.
Por
otro lado, también la temática de equidad
de género comienza a irrumpir como otra reivindicación a partir de la
década de los 80, cuando surge la globalización y el neoliberalismo, pero
también con la institucionalización de la democracia, es así que surgen
distintos movimientos sociales femeninos a nivel mundial y también latinoamericano.
En Bolivia, son las ONG´s quienes coadyuvan con la organización y capacitación
de las mujeres respecto a sus demandas, en el sector rural y en las clases
populares urbanas. En la clase media surgen movimientos sociales feministas,
sin embargo no encuentran puntos de encuentro con los grupos femeninos de
clases populares e indígenas. En este
marco, deseo expresar cómo se entrecruzan en la práctica, ambas reivindicaciones:
indigenistas y de género.
ALGUNOS CONCEPTOS DE ANÁLISIS
Si
tomamos el término etnia más
ampliamente, como cultura, ya que
conlleva una serie de representaciones simbólicas y no sólo se basa en rasgos
físicos ya que el término etnicidad suplió al de raza para inscribir una definición
ideológica política por encima de la definición de rasgos biológicos queriendo
minimizar y ocultar discriminaciones y exclusiones en base a diferencias
naturales poniéndolas en términos ideológicos pero que en última instancia
igual generan desigualdades (Stolcke, s/f), los sistemas simbólicos comprenden
modos de ver el mundo, acciones y experiencias diversas que son compartidas por
los individuos para comunicarse entre sí, así la cultura es el aspecto
simbólico expresivo de todas las prácticas sociales (Thompson, s/f. En: Giménez,
s/f) y no sólo se reduce a la raza. En
esta óptica, la cultura andina como cualquier otra, se distingue por los
significados particulares que le otorgan a la visión del mundo, al idioma,
sentidos, creencias, rituales, relaciones laborales, etc. Para Geertz (1973) la cultura también denota
un esquema históricamente transmitido de significaciones representadas en
símbolos, pero sus críticos afirman que no toma suficientemente en cuenta los
fenómenos de poder y del conflicto social que sirven de contexto a la cultura,
pues los constructos sociales también son manifestaciones de las relaciones de
poder…, y frecuentemente la cultura funciona como máscara de la dominación (Thompson,
1990. En: Giménez, 1994: 40).
Cuando
se habla de poder, me refiero a
aquella forma que se introduce en el cuerpo, en los gestos y conductas
produciendo un efecto intimidante en el sujeto receptor, a veces de manera
sutil y paternal, y otras ejerciendo presión y tensión entre el que “sabe” y el
que “no sabe” (Foucault, 1979: 109 – 159), que surgen en las relaciones entre
individuos de distintas culturas, clase, sexo y/o edad.
Desde
esta mirada, el género posee
connotaciones sociales y culturales, pues se trata de una construcción social
basada en la sexualidad en la que cada cultura otorga ciertos significados a
las diferencias sexuales definiendo los roles genéricos. Las categorías de
género, raza, cultura están conformadas por el conjunto de ideas por las que
cada sociedad define atributos y estereotipos de cada sociedad, así, poseen una
dimensión simbólica que es aceptada socialmente y las formas de exclusión y
dominación se hallan plenamente justificadas pasando desapercibidas como tales
en las distintas construcciones culturales ya que se basan en una
naturalización de pensamientos y actos que se realizan inconscientemente (Comas
D´Argemir, 1995).
Los
anteriores conceptos necesariamente construyen la identidad, que tiene un carácter procesual y no estructural, no es
única sino múltiple, no es estable sino móvil (Goffman, 1986), es algo
aprendido durante la vida en interacción constante con otros individuos (Bejar,
1983), de aquí su plasticidad, capacidad de variación, de reacomodamiento y de
modulación interna, las identidades emergen y varían con el tiempo (Giménez,
1994).
RELACIONES DE GÉNERO EN LA COMUNIDAD RURAL
Apoyándome
en las categorías descritas, si se analizan aspectos importantes de la vida en
la comunidad andina como son: el trabajo productivo (agricultura y ganadería) y
reproductivo (trabajo doméstico), toma de decisiones familiares, cosmovisión mítica
manifestada en creencias, rituales y prácticas, y la participación fuera del
hogar (organizaciones, capacitación, vida social) de varones y mujeres se puede
decir que el chachawarmi significa “hacer
algo juntos”, acompañarse entre la
pareja, incluso entre toda la familia, cumpliéndose así, la
complementariedad:
“Cuando somos marido y mujer somos sólo para los dos…,
somos como los animalitos que siempre se juntan de dos en dos, los pajaritos
siempre están juntitos…, así nomás somos en el matrimonio” (Comunaria aymara de Irama Belén, Achacachi)
Por
ejemplo en el trabajo productivo el varón es quien realiza las tareas más
pesadas y la mujer, las más livianas y de detalle, pero trabajan juntos. Si
bien el esposo y los/las hijas ayudan en el trabajo doméstico, la
directa responsable es la esposa teniendo que realizar además el trabajo
productivo y la comercialización. En la
toma de decisiones, cuando está el esposo en la comunidad se consultan entre
ambos, pero de la educación y cuidado de los/las hijas es responsable la mujer
en su rol de madre. La realización de rituales y transmisión de creencias en la
familia corresponde a la esposa ya que está en permanente relación con las
necesidades del hogar y con los hijos, mientras que los varones, si efectúan
algún ritual lo hacen en la organización guiados por la idea de recuperación de
valores andinos de los últimos años, por lo que es ella la directa transmisora
de la cultura pero no es reconocida como tal. La participación en actividades
externas normalmente es función del esposo, sólo cuando él está ausente, la
mujer participa, aumentando sus tareas y responsabilidades, pero está mal visto
que no asistan en pareja a eventos recreativos, y más si una mujer asiste sola
ya que el control social en la comunidad es fuerte, sobre todo hacia la mujer.
En
cuanto a la propiedad de la tierra, si bien la mujer no es la directa
propietaria, en su imaginario simbólico no es muy importante ya que se
considera que si está a nombre del marido está a nombre de toda la familia.
CONCLUSIONES
Desde
una mirada occidental en la pareja andina no
hay equidad, pero desde una mirada indigenista andina que, por cierto se
está perdiendo en las actuales generaciones ya que se vive en una hibridación
cultural (García, 1990) por la migración constante del esposo y en la misma
comunidad, sin embargo en la estructura simbólica, de algún modo, la pareja se
considera una sola entidad, pues el matrimonio es nacer a un nuevo estado en el
que se diluyen las identidades individuales, pero si bien se cumple la
complementariedad (acompañamiento) y la reciprocidad ya que comparten una vida no
quiere decir que exista equidad. Además, se ve como algo natural la creencia de
que el varón es débil, entonces la esposa no solo asume dicho papel sino
también el de madre de su esposo.
Al
migrar a la ciudad la identidad y las relaciones de poder cambian ya que, así se
sea indígena y se tenga por raíz la
cultura andina, ésta cambia en el tiempo y en el espacio, pues el varón en vez
de acompañar a su pareja se vuelve
más machista, y la mujer toma conciencia de sus derechos individuales y de la
dominación ejercida por su esposo ya que se asumen representaciones simbólicas
del mundo occidental. Así, se pierde el concepto de unidad indisoluble con
cierta armonía[1] y el
cierto poder que tiene la mujer, así sea en el ámbito privado se pierde cuando
la pareja decide migrar. En la ciudad la mujer tiene que competir con el varón,
capacitarse, si quiere tener algún poder.
Entonces se cambia una estructura simbólica por otra creándose más
conflictos.
Si
antes (en el espacio rural) existía alguna armonía entre la pareja, en el
urbano se vuelve de oposición y de confrontación.
En
última instancia, en las/los comunarios de mediana edad y económicamente
activos surge la contradicción entre valores colectivos (comunales y
familiares) e individuales ya que viven en permanente tensión entre dos mundos,
cuyos distintos sistemas valóricos, al ser opuestos y parezcan fusionados, en
el imaginario simbólico afectan a su definición identitaria. Los/las mayores
conservan más su cultura, expresada en su pensamiento, ya que el vivir en la
comunidad es una especie de garantía, mientras que los/las jóvenes que migran a
la ciudad resultan casi ajenos a la visión colectiva de la comunidad.
Finalmente,
quienes se establecen en la ciudad, si bien van asumiendo valores individuales
expresados en derechos, aún conservan la representación de la familia como una
fuerte cohesión, sagrada e inamovible a pesar de que se va perdiendo el cierto
equilibrio que da el acompañamiento en las parejas comunarias, lo que hace que
sea más profunda la crisis identitaria al poseer orígenes culturales y étnicos
andinos y a la vez ir asumiendovalores de la occidentalidad.
[1] Aunque
el esposo llegue a tratar con violencia a su pareja, ella considera que tiene
derecho y que también es una forma de expresarle su sentimiento, que le
importa.
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